domingo, 21 de agosto de 2011

Tiene 8 o 9 años. Y una eternidad de olvido. Aprieta entre sus manitos mugrientas la bolsita de pegamento.
Cómo duele esa mirada cansada del que ya no espera nada.
Esa mirada que hace retroceder espantados a oficinistas, amas de casa y amantes de medio tiempo.
Va descalzo, sucio, despeinado. Con su inocencia arrancada tanto tiempo atrás.
Con la esperanza tirada a la basura.
Con el espanto de las noches de frío calándole los huesos y el almita.
Me mira... lo veo. Le sonrío y le acaricio el pelo duro habitado por piojos rebeldes.
Le doy un billete. Un billete. Cómo si eso pudiera calmar esta conciencia. Cómo si eso pudiera mitigar estas lágrimas por esa infancia robada.
Y vuelvo a casa. Más viejo, más cansado, moribundo...

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